10/19/2007
Murakami
Con la llegada del punto y final dejaron de escurrírseme los ojos sobre el papel y, detenidos en suspenso sobre la tinta que configuraba a las últimas palabras, acabaron por emborronárseme por dentro. Como despertando de un sueño, cerré el libro y respiré aliviado. “Así, me dije, la maldición termina”. Todo se me había puesto en contra desde que perdiera el último libro de Murakami, que Polly Dorner me había regalado hacía apenas un mes. ¿Qué hace falta para que los engranajes de la realidad la pongan a rodar hacia lo peor?. ¿Qué es necesario en última instancia? Eso es algo que se nos escapa, algo de lo que probablemente no podemos tener noción. Pero sea lo que sea lo que es seguro es que, en este preciso momento y lugar que me ha tocado vivir, la perdida de ese libro fue la encarnación de dicho principio ominoso.Fue justo al disponerme a abandonar el trabajo cuando reparé en su desaparición. Al llegar el fin de semana me dirigí a la biblioteca de Streatham, en cuya página de internet se anunciaba la disponibilidad de una copia del mismo con el fin, si ya no de disculpar el inexcusable descuido que podría dar a entender erróneamente a ojos de Polly una cierta indiferencia hacia su amable regalo, por lo menos de dejar descansar a los personajes que se habían quedado perdidos en una nebulosa incierta esperando a que alguien, o más concretamente esperando a que yo, resolviera de una vez por todas las intrigas a las que habían sido llevados ya hacia la mitad del libro, que es hasta donde había llegado a leer (cuando todavía era feliz y ajeno a fatalidad ninguna) aquella aciaga mañana en el autobús. El libro, por supuesto, no estaba en las estanterías de la biblioteca, y mientras ojeaba distraído unos tebeos un gitanillo me robó el teléfono. A los pocos días mi casera me anunció que el fin del mundo estaba cerca y que más me valía disponerme abrazar la fe verdadera (es decir la suya) antes de que llegaran dos ángeles con trompetas doradas y desencadenaran siete plagas más mortíferas que las de Egipto, porque entonces ya sería demasiado tarde y sólo me cabría esperar la muerte eterna. Esa misma semana evitaron concederme en el trabajo un ascenso que parecía cantado y perdí todo mi dinero en las carreras de caballos.
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