Estimada Juliana Rodríguez Barreneche:
Espero no le moleste que me dirija a usted en español, pero mi inglés dista mucho de ser perfecto (peor es aún por escrito que de viva voz hablada, como diría Cantinflas), y alentado por la inconfundible hispanidad de su hombre me he tomado la libertad de escribirle en la lengua de Cervantes (y del anteriormente mencionado Mario Moreno) con tal de hacerme entender.
Yo sé que a veces me quejo de vicio pero ha de saber usted que hace menos de un mes que adquirí el juego básico de cocina de Steelex, compuesto por 54 piezas (incluida la bandeja para pizza) y ya apenas restan 30 (bandeja de pizza excluida). Sólo en un caso puntual podría hacérseme directamente responsable de la destrucción de uno de los componentes de aquello que ustedes anuncian como (cito textualmente) “indestructible” y “a good your grandchildren will able to keep on using after you are gone”: la puerta del armario se había quedado atascada y utilicé la espumadera para intentar abrirla haciendo palanca, pero no funcionó: me quedé sin espumadera. Al final pude abrirla repitiendo la jugada con uno de los cuchillos grandes. Fue luego, una semana más tarde, que éste se me partió por la mitad intentando cortar un pedazo de queso. De acuerdo, cúlpeseme si se quiere también por lo del cuchillo, que aún aguantó una semana después de todo tras haber sido sometido a un inmerecido mal trato. Pero y qué hay de lo demás. Ahí sí que yo no tuve nada que ver. Día tras día he visto cómo uno a uno los cubiertos se doblaban o se quebraban al mínimo contacto con los alimentos, cómo el tornillo que mantenía unidas las hojas de las tijeras saltaba por los aires, cómo se derretía el mango de la cazuela como por arte de magia... Y lo peor no ha sido perder todos estas piezas de la batería que con tanta ilusión adquirí, no, lo peor es que las piezas supervivientes no dejan de oxidarse. Intento ser cuidadoso y secar todo inmediatamente después de fregar, e incluso después de secas froto cada pieza una a una con un aceite especial (nada barato) que compré en la ferretería. ¿Y de qué ha servido?. Desde el instante en que por primera vez fueron míos he tenido que observar impotente como día tras día una cada vez más insistente capa de óxido se ha ido apoderando de mis utensilios, sin que pueda hacer nada para ponerle freno. Y cómo sufro... Yo no soy de esas personas capaces de abandonar lo que ya no resulta útil a las primeras de cambio: mi muy señora mía, yo soy una persona de principios. Cada uno de esos utensilios, desde el momento en que entraron por la puerta de mi casa son parte de mi familia, son parte de mí, y no me resulta en absoluto posible mostrarme indiferente a su suerte. Hace días que no pego ojo pensando que cuando despierte no sólo mis “niños” sino la casa entera, la cama, yo, vamos a estar cubiertos de óxido, y me paso las horas observándolos desde lejos e imaginándome que, atrapado en un caparazón de óxido sentiría más o menos lo mismo que el personaje de aquel cuentecillo de Poe llamado “Un entierro prematuro”. En el trabajo, ya se imaginará, las cosas no pueden ir demasiado bien. Ahora estoy siempre distraído, ausente, falto de energías y entusiasmo, cuando antes era “una fuerza de la naturaleza” (así lo decía mi jefe, que últimamente no anda demasiado contento conmigo, en las reuniones de plantilla). Consigo cargar en mi maletín un par de sartenes como mucho, tal vez si no llevo muchos papeles ese día también el colador; y el sacacorchos, los tenedores, las cucharas..., caben bien en mis bolsillos, de modo que los puedo tener más o menos controlados a lo largo del día y hacer alguna escapadita de vez en cuando a los servicios para untarles un poco de aceite. He podido observar por el rabillo del ojo antes de precipitarme cada vez fuera de la oficina con el maletín en las manos y la chaqueta puesta para volver tan solo minutos después cómo los compañeros se miran entre ellos y se dedican muecas burlonas. No los puedo culpar, soy perfectamente consciente de que puedo resultar ridículo pero, ¿qué alternativa me queda?
Yo no le escribo para amenazarla, ni para exigirle compensación alguna por nada: ese no es mi estilo. Ha de saber que no es la primera vez que compro uno de sus productos, y que igual que ahora las anteriores experiencias fueron siempre traumáticas. Pero yo soy comprensivo y paciente, y sé que Steelex, a pesar de ser ya tremendamente importante, es una compañía joven a la que nada favorece la existencia de individuos egoístas que intentan sacar partido de sus propias desgracias poniendo en entredicho su nombre. No, yo sólo quería que tuvieran presente mi caso, mi agonía (que yo mismo intentaré afrontar a solas con la mayor dignidad posible) por si de algún modo alguna conclusión pudieran sacar de ella que sirviera de ayuda para construir una Steelex cada vez más grande y mejor, una Steelex de la que todos podamos sentirnos orgullosos un día, una Steelex que sea en el futuro sinónimo de felicidad.
Atentamente se despide su humilde servidor,
Herminio Pisuerga Rojas.
Espero no le moleste que me dirija a usted en español, pero mi inglés dista mucho de ser perfecto (peor es aún por escrito que de viva voz hablada, como diría Cantinflas), y alentado por la inconfundible hispanidad de su hombre me he tomado la libertad de escribirle en la lengua de Cervantes (y del anteriormente mencionado Mario Moreno) con tal de hacerme entender.
Yo sé que a veces me quejo de vicio pero ha de saber usted que hace menos de un mes que adquirí el juego básico de cocina de Steelex, compuesto por 54 piezas (incluida la bandeja para pizza) y ya apenas restan 30 (bandeja de pizza excluida). Sólo en un caso puntual podría hacérseme directamente responsable de la destrucción de uno de los componentes de aquello que ustedes anuncian como (cito textualmente) “indestructible” y “a good your grandchildren will able to keep on using after you are gone”: la puerta del armario se había quedado atascada y utilicé la espumadera para intentar abrirla haciendo palanca, pero no funcionó: me quedé sin espumadera. Al final pude abrirla repitiendo la jugada con uno de los cuchillos grandes. Fue luego, una semana más tarde, que éste se me partió por la mitad intentando cortar un pedazo de queso. De acuerdo, cúlpeseme si se quiere también por lo del cuchillo, que aún aguantó una semana después de todo tras haber sido sometido a un inmerecido mal trato. Pero y qué hay de lo demás. Ahí sí que yo no tuve nada que ver. Día tras día he visto cómo uno a uno los cubiertos se doblaban o se quebraban al mínimo contacto con los alimentos, cómo el tornillo que mantenía unidas las hojas de las tijeras saltaba por los aires, cómo se derretía el mango de la cazuela como por arte de magia... Y lo peor no ha sido perder todos estas piezas de la batería que con tanta ilusión adquirí, no, lo peor es que las piezas supervivientes no dejan de oxidarse. Intento ser cuidadoso y secar todo inmediatamente después de fregar, e incluso después de secas froto cada pieza una a una con un aceite especial (nada barato) que compré en la ferretería. ¿Y de qué ha servido?. Desde el instante en que por primera vez fueron míos he tenido que observar impotente como día tras día una cada vez más insistente capa de óxido se ha ido apoderando de mis utensilios, sin que pueda hacer nada para ponerle freno. Y cómo sufro... Yo no soy de esas personas capaces de abandonar lo que ya no resulta útil a las primeras de cambio: mi muy señora mía, yo soy una persona de principios. Cada uno de esos utensilios, desde el momento en que entraron por la puerta de mi casa son parte de mi familia, son parte de mí, y no me resulta en absoluto posible mostrarme indiferente a su suerte. Hace días que no pego ojo pensando que cuando despierte no sólo mis “niños” sino la casa entera, la cama, yo, vamos a estar cubiertos de óxido, y me paso las horas observándolos desde lejos e imaginándome que, atrapado en un caparazón de óxido sentiría más o menos lo mismo que el personaje de aquel cuentecillo de Poe llamado “Un entierro prematuro”. En el trabajo, ya se imaginará, las cosas no pueden ir demasiado bien. Ahora estoy siempre distraído, ausente, falto de energías y entusiasmo, cuando antes era “una fuerza de la naturaleza” (así lo decía mi jefe, que últimamente no anda demasiado contento conmigo, en las reuniones de plantilla). Consigo cargar en mi maletín un par de sartenes como mucho, tal vez si no llevo muchos papeles ese día también el colador; y el sacacorchos, los tenedores, las cucharas..., caben bien en mis bolsillos, de modo que los puedo tener más o menos controlados a lo largo del día y hacer alguna escapadita de vez en cuando a los servicios para untarles un poco de aceite. He podido observar por el rabillo del ojo antes de precipitarme cada vez fuera de la oficina con el maletín en las manos y la chaqueta puesta para volver tan solo minutos después cómo los compañeros se miran entre ellos y se dedican muecas burlonas. No los puedo culpar, soy perfectamente consciente de que puedo resultar ridículo pero, ¿qué alternativa me queda?
Yo no le escribo para amenazarla, ni para exigirle compensación alguna por nada: ese no es mi estilo. Ha de saber que no es la primera vez que compro uno de sus productos, y que igual que ahora las anteriores experiencias fueron siempre traumáticas. Pero yo soy comprensivo y paciente, y sé que Steelex, a pesar de ser ya tremendamente importante, es una compañía joven a la que nada favorece la existencia de individuos egoístas que intentan sacar partido de sus propias desgracias poniendo en entredicho su nombre. No, yo sólo quería que tuvieran presente mi caso, mi agonía (que yo mismo intentaré afrontar a solas con la mayor dignidad posible) por si de algún modo alguna conclusión pudieran sacar de ella que sirviera de ayuda para construir una Steelex cada vez más grande y mejor, una Steelex de la que todos podamos sentirnos orgullosos un día, una Steelex que sea en el futuro sinónimo de felicidad.
Atentamente se despide su humilde servidor,
Herminio Pisuerga Rojas.
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